5 marzo, 2016 – 2:39 am | Sin comentarios

El vacío y la nostalgia se encuentran en las calles de Montevideo con el alma de un hombre a quien el destino saca de la tristeza a través de la historia de Marina Nikolaeva, una ucraniana enamorada del tango.

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Yo conocí a Marina Nikolaeva
5 marzo, 2016 – 2:39 am | Sin comentarios

(A Iván, por su hallazgo y su minuciosidad al compartirlo)

Yo también conocí a Marina Nikolaeva

Sonrío emocionado al ver su nombre en los créditos y no puedo evitar un orgullo tonto. Me sonrojo al advertir cierto narcisismo cuando pienso que fui yo quien le presentó a Santiago la idea sobre aquel corto y le habló de Marina Nikolaeva.

Jamás hubiera imaginado que, en un paseo rutinario por el barrio, me encontraría semejante prodigio. Se avecinaba el fin de año pero, mientras la alegría inundaba la calle, yo no tenía nada por lo que brindar. El calorcito animaba a la gente a salir más de lo normal a la rambla, a adelantar sus compras navideñas, a preparar las fiestas de cierre en las escuelas y, cómo no, a organizar las vacaciones de enero. A esa altura, yo ni siquiera sabía si me tomaría unos días libres y mucho menos qué haría con ellos.

Meses atrás, sonreía exultante de felicidad al cumplir el sueño de ver publicado mi primer libro. Ahora los dolores pesaban de nuevo. Sin proyectos. Sin amor. Solo. Otra vez.

Aquella tarde regresaba a casa y, como siempre, abandoné la peatonal hacia el encuentro con mi momento preferido del día: el matecito en la Plaza Zabala. Pero, según caminaba por Alzáibar, escuché unas notas musicales. No me costó mucho distinguir una melodía tanguera como tampoco el lugar del que salía: era aquel pequeño establecimiento de reparación de instrumentos por el que pasaba a diario.

Pero ¿por qué ese jueves, y no cualquier otro día anterior, emanaba de aquel ínfimo taller semejante arte? ¿Habría ocurrido en otro momento y yo no me había percatado? ¿Quizá, ahora que yo nada esperaba, la vida me enviaba un lindo presente navideño?

Miré por la vidriera y vislumbré algo inimaginable: un trío formado por dos hombres y una mujer acometía tangos sin parar mientras una pareja de cincuentones asistía a aquel recital privado con sendos vasos de whisky apoyados en el banco que habitualmente servía para la reparación de los instrumentos.

No sin cierto pudor, pedí permiso para pasar y escuchar alguno de los temas, a lo que no pusieron objeción alguna. Me acomodé a un costado para no perturbar la atmósfera de aquel lugarcito que parecía sacado de mi imaginación. ¡¡¡Y estaba a un par de cuadras de casa!!!

El dueño del negocio, sin moverse del mullido refugio de los brazos de su mujer, me señaló dónde había un cajón para que me sentara y empezó su esmerada explicación, a pesar de que yo sólo quería escuchar la música. Nada hay más reconfortante que el tango para un alma triste. Pero aquel luthier parecía incapaz de leer mi mirada; o quizá sabía mucho mejor que yo lo que necesitaba…

Aquel trío estaba ultimando los detalles para un ensayo con la orquesta de la que formaba parte, pues pronto actuaría en público, según me relataba entre pieza y pieza Antonio, que así se llamaba el hombre. El gordo del contrabajo y el veterano canoso del bandoneón daban instrucciones precisas a la pianista rubia, con tono pausado y cuidada vocalización. Parecía que a ella le costaba mucho esfuerzo entender bien algunos términos. Enseguida comprendí por qué…

El halo de luz que entraba por una de las ventanas se centraba en aquella mujer distante, como si aquello fuera un teatro y un técnico divino dirigiese hacia ella el foco para que la viésemos a pesar de sus deseos de esfumarse. Sus manos se deslizaban por el teclado con la elegancia de la que carecía su ropa y su espalda mantenía una rectitud similar a la de su gesto hierático.

No era atractiva, pero su languidez y su manera de interpretar aquella música hacían que no pudiese apartar mis ojos de ella. Quizá fuese mi deformación profesional, siempre buscando el mejor encuadre, siempre ideando planos, siempre captando el interior para retratar un exterior impecable. O quizá fuese la palidez de su rostro…

Cuando Antonio me vio tan ensimismado, me susurró:

-Se llama Marina Nikolaeva y es ucraniana. Hace tres años llegó a Buenos Aires con el cuarteto en el que tocaba. Ella solo interpretaba entonces música clásica, pero siempre sintió adoración por el tango, así que se quedó de vacaciones para tratar de conocer algún local típico, alguna milonga, hablar con gente de ese círculo. Alguien le dijo que debía viajar a Montevideo para tener la visión de las ‘dos orillas’. Lo hizo… y nunca más se fue.

Menuda historia acababa de encontrar…

Mi imaginación se disparó y, sin saber nada de su vida, le inventé un novio gigantón, rubio, de ojos glaciales, como uno de esos hercúleos deportistas de la ex Unión Soviética que siempre competían en los Juegos Olímpicos, con el que acababa de romper antes de viajar a Sudamérica. Y al llegar acá con su corazón hecho miguitas, seguramente se enamoró de esta melancólica ciudad, gris en julio y lila en diciembre; de su interminable horizonte y de sus calles angostas donde las ramas de los árboles se dan la mano; de la rareza de sus habitantes que caminan todo el día con un termo y ‘eso’ que chupan constantemente y que para decir ‘ok’ dicen ‘ta’; de ese extraño acento parecido al argentino pero que marca tanto la ‘y’ de ‘chamuyo’; de ese ritmo de los tambores dominicales y, cómo no, de su tango…

A fuego lento y el ladrido de un perro en el patio contiguo me sacaron de esta ensoñación. Tras dos horas entre aquellas herramientas y viejas piezas de bandoneón, aproveché el fin del tema para levantarme sigilosamente y agradecer la bienvenida a aquel grupo en semipenumbra. Antonio me acompañó hasta la puerta y, cuando le comenté que era fotógrafo artístico, que era vecino del barrio y que había quedado muy impactado por aquel hallazgo, me dijo que pasase otro día para hacer cuantas fotos quisiera.

Me dirigí a casa con paso lento, degustando, con una sonrisa en los labios, lo que acababa de experimentar, al tiempo que no dejaba de resonarme aquel nombre en la cabeza: Marina Nikolaeva, Marina Nikolaeva…

-Quedaría muy bien como protagonista de una película –murmuré-, como aquella que vimos una vez con Ana, la de aquella mina porteña que hacía de todo para conseguir un doble A, ¿cómo era? Ah, sí, “El Último Bandoneón”.

Poco pensaba que, al contarle la historia a mi amigo Santiago, guionista y realizador de documentales, la tomaría tan en serio como para hacer un cortometraje. Le entusiasmó, como a mí, la idea de una mujer que había cambiado su vida de forma tan radical como para dejar la Europa del Este y venir a nuestro ‘paisito’, que había trocado los selectos círculos de la música clásica por los andurriales del tango.

Y ahora que la gente aplaude a mi alrededor, me encanta recordar que yo conocí a Marina Nikolaeva cuando solo era esa mujer misteriosa que tocaba el piano aquella tarde de diciembre en la Ciudad Vieja montevideana.

——————————————————————

Concepción Martín Moreno

Periodista de profesión, Concepción Martín Moreno viaja por vocación y escribe por necesidad. Aunque reside en Madrid, su alma está anclada en el Río de la Plata.

NOS.ILUSTRAN

Iván Franco
“Es en el fotoperiodismo donde la fotografía puede dar su máximo”, escribió Iván Franco en 2007 para la solapa de su libro “Tribus”, porque en ello cree. En lo cotidiano, trabaja para Efe y la diaria, pero adora bucear en cuanta alma encuentra por el camino.

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