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Cauces

Submitted by on 6 October, 2010 – 8:11 am2 Comments

El pisón
Género: Juga
Buenaventura, Valle
Intérpretes: Los Marañeros de Buenaventura

Corría la Flaca a toda prisa, ya llegaba tarde a su cita con el río. Bajó la calle de la iglesia, torció por la de la nueva biblioteca, frente a la fina casa del forastero, la de las barandillas rizadas y los azulejos azules, costeada seguramente con dineros de dudosa procedencia. En plena carrera, la figura de Yeris Paola se asemejaba todavía más a la de una gacela. Pero una gacela con porte, elegante, altiva; una gacela que llevaba un sombrero con cinta roja, del mismo retal que el lazo que ceñía su cintura.

– ¡Tan bonita que se viste pa’ ir a lavar, Flaca! Se ve que gallina vieja da buen caldo.

– Ay, no, mijo, quien tuvo retuvo -espetaba siempre coqueta, impertérrita ante los agridulces piropos de los pescadores, de cuyas manos siempre se escurrió como una trucha.

Nunca quiso unir su vida a uno de esos hombres que la llamaban Mi Negra, Flaquita; rechazó la idea de esperarle amasando plátano para tenerle ‘calientico’ el patacón al llegar a casa, de prepararle zumos de frutos que en el Cauca colombiano siempre tienen poderes afrodisíacos. Nada de eso la sedujo.

En una ocasión, un gordo llegó al pueblo en helicóptero con otros señores que no debían de ser tan poderosos como él, porque “pesaban algunas libras menos”, pensó Yaris Paola. No sabía quién era ni por qué llegó en esa aeronave en lugar de surcar el río Guapi en una barquita, pero intuyó que era una especie de mesías que llegaba con las manos llenas de oportunidades para ella y sus vecinos. La Flaca participó en los fastos en honor de aquel hombre de mirada inquisidora y enorme camisa de palmeras, y cantó un bambuco en el que invirtió toda la gracia de la que se sabía poseedora, amplificó los decibelios de sus estrofas y perpetuó en su cara una amplia sonrisa. El gordo, que la miraba embobado, desoyó más tarde las demandas de vecindario de la Flaca y se la quiso llevar a Buenaventura a preparar patacón en una casa de ladrillo.

A menudo Yaris Paola se preguntaba si hizo mal en dejar escapar ese negrotote que le pudo haber dado buena vida en una capital de provincia; o quién sabe, en prometedoras ciudades como Cali o Medellín. Pero bajaba de las nubes y ponía sus huesudos pies en la orilla del río. Allí tenía que estar.

– Flaca, ¿por qué tan callada?

– Me cuento una historia que no me sabía. Sigan su canto.

La Flaca lava sus trapos en una tabla de madera que le hizo un artesano de marimbas que una vez la quiso consentir. Ella se dejó. Restregar sus trapos contra esa madera de chonta era desde hace años la actividad central de su día, a la que se agarraba para poder lamentarse de lo repetitivo de sus jornadas y para darse de vez en cuando una pequeña recompensa: un paseo en canoa. El río era entonces para la Flaca compañero de juegos, cómplice de su belleza, bandeja y sustento; era el cauce hacia los planes y proyectos, y trazaba con sus quebradas el camino que debía seguir para alcanzar esa inmensidad del Pacífico. Una vez terminada la tarea, cuando manteles, sábanas, vestidos e interiores quedaban limpios y colgados al sol, las lavanderas hacían del río un paseo marítimo y desde su canoa desplegaban todo un repertorio de músicas del Pacífico, arrullo arriba, canto de boga abajo, hasta que se pusiera a llover. Entonces recogían las prendas y regresaban a casa entre chanzas y picardías, jugando a pisar descalzas los flecos de los trapos de las otras.

Yaris Paola ya no recuerda cuál fue la última tarde que pasó así. Probablemente desde que por los ríos transitaban uniformados y los que probablemente eran sus víctimas. Ella nunca vio nada raro, pero, a fuerza de escuchar las habladurías, una vez creyó ver reflejos rojos en la gran extensión del Guapi. Quiso obviarlo, pero sus comadres no estaban por la labor de aliviar sus miedos; al contrario, adornaban las historias y le añadían escabrosos detalles que poco a poco fueron rompiendo sus lazos con las aguas.

– No se le vaya a ocurrir irse a canaletear -alarmaba una vecina en alusión al paseíto en canoa.

– ¿Usted no sabe que se puede encontrar con cualquier desgraciado vestido de verde? ¿No se da cuenta de que no se puede meter donde no debe? -azuzaba otra.

Con el tiempo se le pasó el pasmo y se hizo a vivir con esa nueva versión del río que la ahogaba. Recicló los usos y costumbres que solían atarla a él y aprendió a perdonar sus infidelidades con las armas y la violencia desmedida, a ignorar esas malhumoradas crecidas que arrasaban los cultivos, e incluso, cual abnegada esposa, nunca más le reprochó que sus cauces no le tuvieran preparada ninguna sorpresa al final del camino. Sin embargo, nunca perdió la esperanza de recuperarle y acudió todos los días con su tabla y su pastilla de jabón.

Ese día en que amaneció con cuerpo de reencuentro, sacó sus cintas rojas, se pintó los labios y concertó una cita unilateral con él. Mientras les sacaba lustre a sus vestidos, mantuvo el tipo “muy juiciosa”, quizá demasiado en semejante momento. Los perros ladraban enardecidos, las cantaoras jaleaban con sus cantos de boga y los pescadores voceaban a pleno pulmón, pero nada de eso perturbó su decidida concentración, su repaso histórico de esa relación turbulenta.

– ¡Qué te pasa, Vo! -se lanzó-. ¿No me saludas? Acá te seguí desde la orilla, ya te veo más claro. Por eso vine a hacer las paces y porque, la verdad, necesito confiar en ti. Y a eso voy.

El calor húmedo y la ansiedad la estaban asfixiando. Una gota de sudor bajaba por el contorno de su cara, pero no se quitó el sombrero. Se remangó la falda, entró en el río e hizo fuerza con los brazos para subirse a la canoa. Sonrió. “Con lo flacucha que estoy hay que ver qué poca agilidad”, pensó. Y trató de mantener el equilibrio mientras elevaba la otra pierna y buscaba la manera de sentarse en su banqueta.

Después de dar un par de tumbos, como el que sube a una bicicleta después de un tiempo de reposo, la Flaca retomó el ritmo con los remos y navegó bajo el sol de una tarde que la premió sin llorar mantas de agua.

Repentinamente, se puso en pie, tomó aire y pegó un brinco. Y no le importó no saber nadar.

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Ana Gómez

Observadora desde la cuna, se sirvió del periodismo para acceder a historias fascinantes y poder contarlas. Luego fue el periodismo el que la llevó hace ya casi dos años hasta Colombia, donde los límites naturales del estilo de agencia dejaron escapar detalles que ahora encontraron su espacio.

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