Coleccionista de huellas
Siempre acababa llamando a su puerta de espuma, dejándome embriagar por su sonido, como si del canto de una sirena se tratase. Desnudaba mis pies y los posaba suavemente sobre el felpudo de su entrada, desapareciendo durante unos minutos. Era capaz de permanecer allí durante horas. Y siempre, antes de irme, observaba cómo robaba mis huellas en su ir y venir, inquieto y juguetón.
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