Constan y las vocales
Escribió con la pluma Waterman que le regaló su padre en un cuaderno tan azul como el del presidente de gobierno. Escribía con la pluma desde el colegio. Una pluma no es cosa de niños, pensaba con las manos manchadas, pero daba igual. Él se llamaba Constantino desde que era un niño y Constantino no era un nombre de niño.
Nunca habría pensado que existiesen las semiconsonantes o semivocales. Y estaba convencido de que nunca lograría entender las “africadas”, a las que imaginaba simplemente como vocales mestizas, en pantalón corto y que bailaban samba.
Pensó en Ana un segundo. Era no muy alta, con la piel dorada y olor a recién planchado. Una vocal. Una vocal africada, concluyó mentalmente. Y se enredó pensando si las vocales podían ser africadas mientras un rumor de libros se colaba oído adentro.
Ana hablaba siempre muy bajito y daba igual lo que dijera, porque tenía la voz de rumor de olas y de brisa en la cara, de pies descalzos en la orilla y de tarde de domingo.
A casi nadie le gusta el domingo. A Constan sí, porque el domingo por la tarde ya tiene sabor a lunes. Como cuando paras en Despeñaperros, camino de la playa y, de pronto, te viene a la boca una bofetada de mar. Así saben los domingos. Son naranjas, un color naranja suave, luminoso, envolvente.
No deberían haberlos llamado domingos, suena mucho mejor en inglés, si el sol atendiera a razones saldría como obligación los domingos por la mañana, cuando la gente llena las puertas de las iglesias y lleva camisas almidonadas y abrigos de piel recién peinados.
Cuando Ana hablaba no podía escucharla del todo, por que se perdía en el dulce camino de sus eses y en esa forma dura de decir la D. No era de aquí, seguro, pensaba, mientras la escuchaba en su cabeza decir Madrid. La D era como un muro a la orilla del mar.
Constan se levantaba a las ocho para bajar a clase, se afeitaba cuidadosamente, pensaba en las consonantes oclusivas y en su tía María, la del pueblo, que quería que heredase las tierras y cuidase los bueyes y labrase el campo y los días, iguales, año tras año. Quizá habría sido lo mejor, pero eso no quitaba que la tía fuera una consonante oclusiva, como la D que decía Ana cerrando herméticamente Madrid. Y Constan se cortaba ligeramente mientras se recortaba la patilla.
Desenroscaba la tapa de la pluma, con cuidado, amorosamente, y pensaba en ella. Hombre de agua. Debería ser Inkman, pero entonces no sonaría a director de cine ruso.
Hombre de tinta, de papel.
Pintaba sus sueños en los cuadros verdes.
Encarcelaba hojas en lineas azules.
Sueños de tinta como hombres de agua.
Después de escribir el poema, Raquel, la profesora, le dedicaba un reproche cariñoso. Raquel era bonita. Pequeña, gafas rojas y una mirada dulce, siempre cerraba cada frase con cariño, aunque fuera un reproche. Una vez, escribió un libro. Y fue famosa seis o siete meses y ahora daba talleres de escritura creativa. Debía de tener 37 años. A simple vista parece una consonante, pero no, no lo era. En todo caso una semivocal, porque no quiere que nadie sepa que es una vocal y parece cerrada. Sí, Raquel era la I.
Se encendía un cigarro y se entretenía en ver cómo el humo hacía grecas en el cielo de la habitación, fumaba despacio, solo para ver cómo pasa el tiempo. No le gustaba fumar. Pero fumaba, porque le hacía sentirse más seguro, más hombre. Cuando fumaba se llamaba Constantino. Y era casi una consonante fricativa.
Constan se sentaba delante de los apuntes de fonética. Los diptongos son extraños, ambiguos. Una extraña pareja. Nunca había entendido realmente por qué se juntan las personas. A veces, se unen una vocal y una consonante, y es la vocal la que da sentido a la consonante, pero no recibe nada.
Las consonantes son cuencos vacíos y las vocales el agua que los llena y da sentido. Algunos matrimonios mixtos llamados diptongos crecientes se componen de una vocal y de una semiconsonante. ¿Estaría casada Ana con una semiconsonante?
Raquel tendría una vocal en su vida. Una A, una E o una O. La O es la peor de las vocales. Una vocal media, que necesita más aire para respirar. Sin embargo, cuando escribes una O, es una jaula vacía, un deseo de atrapar algo. Constan era la O. Siendo la O podría formar un diptongo decreciente con Raquel. Con Ana nunca iba a llegar a nada.
Al fin y al cabo todos tenemos un lugar. Un sitio en el que somos y estamos. Las labiales -y movía la boca para sentirlas-, labiales. Dos tipos. Bilabiales. Bilabial. Como la M, P y B. No se le iba a olvidar que la B es bilabial. Como un beso, ligero, suave, pero un beso.
Las labiodentales debían de ser esos tipos de beso de los que hablaba Miguel Hernández de diente a diente sólo. La N. Es como una M pequeña, porque le falta un labio al que besar.
Le faltarían besos a Ana.
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Desde el imaginario que agota las percepciones e ideas, le surge la necesidad infinita de plantear nuevos mundos, y de agotar la esencia de todas las preguntas sin respuesta, en DeLetrea.me sigue intentando enlazar interrogantes. – 

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Me he quedado gratamente impresionada porque me parece un cuento que encierra una complejidad sencilla, porque juegas con la superficie y lo profundo de las letras y de las palabras. Un texto de esos que te enganchan. Y las ilustraciones son magníficas.
Enhorabuena. ¡¡Saludos!!
Gracias
el cuento es un trocito de novela adaptado y realmente no estaba muy segura de que así tuviera sentido, así que me alegro mucho de que te guste