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Dali

Submitted by on 22 November, 2010 – 8:26 amOne Comment

Dali

Estoy en Dali, en la provincia china de Yunnan. Es el extremo suroccidental, hogar de la mayor parte de las minorías étnicas del país, donde la tez se oscurece y sus fronteras tocan Vietnam, Laos y Birmania. Además de Tíbet.

Que media docena de mujeres -entre ellas una anciana tejiendo en un puesto de souvenirs- te ofrezca droga estando en un país en el que el tráfico está penado hasta con la muerte es, cuando menos, reseñable. Pero es que la ciudad se presta a eso. Ya me lo habían advertido en Lijiang la misma mañana de mi llegada aquí. Dali, con su ubicación incomparable, es un lugar de vacaciones, de descanso. Sí, tambien de turisteo. Pero es un desahogo inigualable perderse en bicicleta por las aldeas diminutas a orillas del Lago con Forma de Oreja, justo enfrente de imponentes montañas de más de cuatro mil metros.

Los estrechos caminos polvorientos pasan entre incontables hectáreas de cultivo de arroz. O de lo que creo que es arroz. Me paro y se lo pregunto a un campesino en mi chino de andar por casa:

– Hola, shifu (jefe), ¿esto es arroz?
– Sí -contesta, y señala un poco en todas direcciones, como haciéndome ver que hasta allí donde alcanza la vista, es arroz.

Me acerco al Lago Erhai atravesando un pueblecillo destartalado en el que los viejos del lugar fuman sentados (¡y no en cuclillas!) y me miran extrañados no sé si por ser extranjero y merodear por allí, por mi disfraz de coronel tapioca o por hacer fotos de edificios en ruinas.
Un grupo de niños uniformados que sale de la escuela me ve a lo lejos y me suelta entusiasmado: “¡Jalo!” (hello). “Ni hao!”, les contesto devolviendo el esfuerzo.

Atardece y muchos labradores comienzan a recogerse con la luz mágica que el sol consigue filtrar a través de las nubes y que señala algunos puntos de la ciudad. En la distancia se ve, por ejemplo, cómo un rayo le cae a una de las famosas Tres Pagodas de Dali. Otro, sin embargo, sobre lo que parece un inmenso centro comercial. China tiene estas cosas: está plagada de delicadas sutilezas y de apabullantes brusquedades. El futuro les está pasando por encima a sus habitantes, como a los campesinos que me saludan por el camino, mas rápido de lo que puedan llegar a asimilar.

De camino a Dali, desde el autobús, he contemplado la ausencia total de mecanización en el trabajo de la tierra. Es como la España de los 50 y hasta de los 60: azadas, arados de vertedera, rastrillos, hoces… incluso carros tirados a mano, regadío minucioso con cacitos de agua o señoras cargadas con cestos a rebosar de piedras sobre sus espaldas.

Leí sobre la agricultura en China en un libro del ex corresponsal de La Vanguardia en Pekín, Rafa Poch. En él, defendía el concepto de comunismo en el país asiático, ya que el sistema agrícola chino se basa en la colectividad de la tierra y la mayoría de la población (o una gran parte de ella) es rural. Pero me quedan ganas de preguntarle a esta gente que ahora me encuentro dónde y cómo vive, si gana algo además de lo que produce, qué hace el estado por ellos o qué futuro desean para sus hijos.

Las mejores fotos son aquellas que no se pueden hacer, por respeto o por falta de reflejos. En mi caso, una imagen no captada me responde algunas cuestiones: en un pueblo diminuto, un joven en actitud desafiante, a lo James Dean, cazadora de cuero al hombro, contempla cómo un anciano, gorra estilo Mao calada en la cabeza y chaqueta azul de la colección Revolución Cultural 1966, camina lentamente hacia el final de un sendero, hacia donde, entre las montañas, se está poniendo el sol.

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Javier Triana

Nació en una ciudad con rima y quizá por eso le cuelgue una cierta debilidad por la literatura. Estudió periodismo lejos del calor familiar y se dedicó a leer compulsivamente libros de caballerías. Ahora, qué remedio, trata de encontrar sus molinos en Nairobi.

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