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El certificado

Submitted by on 6 September, 2010 – 7:23 amOne Comment

La mano de Yves se meció dulcemente y escribió “Guillaume” en la hoja que un funcionario despeinado y canoso le había puesto sobre una mesa de caoba con grietas aleatoriamente simétricas y nunca antes acariciadas por un pincel con barniz. Hasta ese momento jamás se había parado a pensar en qué nombre debía llevar su hijo. Miró su mano, como tantas veces había hecho mientras acariciaba el piano y acompasaba el ritmo de la partitura según el impacto regular de las gotas sobre la ventana. En aquellas tardes en las que Sylvie leía novelas de Tolstoi o cuentos de Gogol junto al escritorio, Yves se reencontraba con la música y se alejaba de aquellos ritos mundanos de suburbanos infectados de orín y de crispados choques en las angostas aceras concurridas por ladinos comerciantes, obreros taciturnos y encorbatados burgueses sin oficio conocido. Yves, que pertenecía a esta última categoría, hacía transcurrir los días entre el mecer de tránsitos ilimitados y de distinguidas conversaciones sincopadas. En ese instante, descubrió que aquella decisión podría llegar a resultar incluso más trascendente que la adquisición de aquel fetiche Yanomami en el anticuario de la rue de Lille mientras bajaba hacia el Sena en busca de una novela con la que enmudecer la tarde.

Guillaume era un nombre acertado; todos los días, mientras transitaba hacia el boulevard de Saint Germain escudriñando entre dientes el sentido real del noticiario que había escuchado en su vieja Blaupunkt, Yves se detenía frente a una discreta escultura a la entrada de un jardín en forma de media luna. Una mañana de primavera dos operarios del ayuntamiento enfundados en enlodados trajes grises la habían arraigado al suelo con artilugios estridentes. Las formas redondeadas de los pómulos, la concavidad en los ojos, la sobriedad del gesto y la confusa identidad de la representación siempre le obligaron a prolongar el trayecto. En caracteres romanos, tallados sobre la piedra, se leía “A Guillaume Apollinaire”.   Nunca había leído sus obras más allá de un par de libros de poemas y algún relato que nunca acertó a comprender del todo. La figura, sin embargo, fijaba su atención cada tarde mientras remontaba la calle hasta el café en el que ejercía de ser social mientras dialogaba con aquellos burgueses liberales a los que consideraba mediocres oradores.

Desde el final de la guerra de Argelia, Yves recelaba de todo aquello que escuchaba sentado en el sillón victoriano con el que su padre le había obsequiado después de su compromiso con Sylvie. Desconfiaba del discurso sencillo de afamados líderes y sonreía ante la melodía aprendida de los jóvenes y los sindicalistas que dos años antes habían provocado aquel imprevisto jaque mate en el que el rey nunca encontró tablero para escapar. Todavía recordaba el sonido de las balas que llegaban desde las barricadas en Saint Michel, los versos reiterados, el olor a pólvora y el humo que se entremezclaba con la fina lluvia de aquellos atardeceres de mayo. Con Sylvie, en ocasiones, imitaba durante la cena la voz firme, dura y cuasi autoritaria de De Gaulle en aquel discurso por radio en el que anticipaba las elecciones pero prometía no retirarse. La vida disoluta emprendida desde el final de sus estudios de ciencias políticas se había convertido en una cierta insolencia heredada del viciado ambiente de Les Deux Magots y de un imperecedero devenir sin final previsto ante el que nadie imponía objeciones.

Así, a lo largo de los ocho meses y medio de embarazo, solamente habían recibido las visitas de algunas antiguas amistades y del administrador del edificio en busca de fondos para emprender pequeñas reformas en el tejado. En todas las tardes de otoño, alumbradas por el brillo de las lágrimas superpuestas de la lámpara dorada, nunca habían reflexionado sobre el nombre que llevaría su hijo, aquel embrión que poco a poco fue desarrollándose mientras digería los alimentos de Sylvie y que ahora reposaba en una fría cuna de latón de una habitación de hospital de paredes desconchadas que en otro tiempo vistieron una capa rosácea.

Ahora transitaba hacia la pequeña clínica remontando la rue Soufflot. Cada día, cuando Sylvie acariciaba su creciente vientre, le venía al recuerdo su mirada aquella tarde de junio en la que dejó reposadamente la llave sobre la mesita de la entrada después de su visita al doctor Jolivel. Siempre saludaba con un discreto salut y cerraba la voluminosa puerta con deliberada intensidad. Aquella tarde apenas se escuchó el giro de la llave dentro de la cerradura; más tarde no hubo saludo. Yves vio reflejado en el espejo cómo la sombra de la chaqueta marrón de punto se posaba dócilmente sobre su americana de terciopelo gris. Sylvie había sufrido alguna “indisposición” al principio de la semana y concluyó que lo mejor sería visitar al médico de confianza de su padre, un hombre longevo y un tanto senil más afamado por sus diagnósticos que por sus técnicas un tanto heterodoxas. Cuando Yves escuchó en la aguda voz de su mujer la palabra “embarazo” no sintió nada sino un frío cosquilleo entre las axilas y el pecho. Desde entonces nadie volvió a hacer mención a aquel futuro escenario hasta las contracciones finales de la tarde anterior.

Desde el registro, Yves caminó con paso regular y firme hasta el hospital donde, cordialmente, se dirigió a una envejecida enfermera ataviada con una ceñida y ajada bata blanca que le miraba a través de unas enormes gafas de pasta negras. Le entregó el certificado de nacimiento y añadió.

-Agradecería, señora, le entregara estos documentos a la paciente de la habitación 128.

La enfermera leyó curiosamente la primera línea y señaló:

-Guillaume… no es un nombre muy habitual, señor. ¿Es usted el padre? ¿Por qué no sube usted mismo y se lo entrega?

-No, volveré más tarde –respondió Yves con ligereza, alejando la mirada de la enfermera-. Por favor, hágaselos llegar.

Agitado, desplazó la fría puerta de aluminio de la entrada y abandonó el hediondo aroma de la sala de espera para salir a la calle. Giró a la derecha y siguió sin detenerse, cruzando imprudente los bulevares entre el tráfico de la mañana hasta atravesar el Sena y llegar a la Gare de Lyon. Se dirigió a la ventanilla y compró un billete de ida a Ginebra con los francos que guardaba en el bolsillo. Corrió hacia el andén y subió los dos escalones del vagón 7. Nunca regresaría a París. Los habituales parroquianos de Les Deux Magots y el maître que todas las tardes le servía un café con un fino manto de leche se preguntaron durante años qué habría sido de aquel hombre de la americana gris que se sentaba con las piernas cruzadas en la mesa de la esquina y debatía fríamente sin desviar la mirada.

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Miguel de Sancho

Metódico, ordenado, algo maniático y pragmático -aunque imprevisiblemente apasionado-, vive, trabaja y sueña en París desde hace un año. De abandonada formación periodística, la recepción de un hotel le sirve de punto indiscreto de encuentro y de silencioso lugar de lectura.

La ilustración que acompaña al texto pertenece a René Magritte, su título es La reproduction interdite (1937) y el cuadro se encuentra actualmente en el Museum Boijmans Van Beuningen de Rotterdam.

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