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La dama escondida

Submitted by on 6 May, 2011 – 7:57 amOne Comment

'La Dama Escondida', crítica de una película inexistente por Jonay Armas.

Érase una vez un secreto profundamente guardado. Un secreto puesto a la vista de todos para que nadie fuera capaz jamás de encontrarlo. Un secreto guardado en una imagen de una fracción de segundo. Una imagen capaz de contener todos los pensamientos de una vida humana.

Era aquel final de la primera película de John Miller, titulada sin sentido La dama escondida, que nos había dejado conmocionados el día de su estreno, la secuencia en la que se concentraron todas nuestras miradas y todos los debates posteriores.

Aquel final, después de una historia sobre una relación que se quiebra y se termina, que permanece inconclusa, y de repente una explosión nuclear que lo ciega todo, antes de aquellos veinte segundos a oscuras. Veinte segundos en silencio, con la pantalla totalmente en negro, antes de que apareciesen los títulos de crédito.

La película no tardó en ser protagonista de todas las palabras en torno al cine de su tiempo. Era incomprensible que un final apocalíptico no produjera en el público una sensación pesimista. Algunos decían que habían visto un texto centellear en la pantalla justo antes del final. Se convirtió en la película que más ríos de tinta había hecho correr, que más palabras vanas y razonamientos sin recompensa había generado en la historia del cine.

Pasaron dos días hasta que un aficionado canadiense encontró una imagen, un solo fotograma entre los cuatrocientos ochenta que componían aquel momento final de oscuridad, que contenía una desconocida figura humana.

En aquel fotograma podía apreciarse un tímido rostro, escamoteado por los caprichosos límites del encuadre. Un pañuelo y una trenza, unos labios y un cuello desnudo, un pendiente y una marca en la mejilla, pero nunca un rastro de su identidad.

Era la dama escondida del título, sin ninguna duda, pero ¿de quién se trataba realmente? No era Carla Yunes, la actriz que protagonizaba el resto de la película, ni tampoco ningún otro personaje conocido.

Tan solo unos fotogramas después, también escondido, se encontraba aquel texto fugaz que muchos juraban haber visto. Decía simplemente: «Ella. 21 años». Ninguna otra información sobre quién era o qué hacía su imagen allí, y Miller nunca quiso dar ninguna explicación.

Fue después de verte completa nuevamente, sabiendo que aquellas imágenes estaban ocultas entre tus últimos veinte segundos de oscuridad, cuando el cine pareció hablarme directamente a través de su lenguaje silente.

La dama escondida era esa persona que aparece milagrosamente justo después de nuestros peores apocalipsis interiores. Esa chica desconocida y de delicada apariencia simbolizaba el nuevo renacer, la eterna esperanza. La persona que aparece sin esperarla y te reconcilia contigo mismo, la que hace que te descubras de nuevo. Por eso era imposible salir del cine sin sentirse esperanzado, aun sin saber del todo lo que habíamos visto. Porque la habíamos visto a ella.

Érase una vez un secreto, érase una forma de hacerla imperecedera, de convertirla en inmortal, de esculpir sus 21 años en el celuloide. Será para siempre el cine quien desafiará el tiempo, quien nunca maltratará su rostro, nunca estropeará su pañuelo ni la obligará a abandonar aquella edad. Para John Miller, para todos nosotros, La dama escondida siempre tendrá 21 años, y seguirá siendo el único faro posible que nos guíe a través de nuestra oscuridad interior.

Eso significas para mí.

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