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La suerte de la empática

Submitted by on 27 April, 2011 – 8:30 amNo Comment

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Diez de marzo. Hoy comencé el día como siempre, imaginando qué me esperaría en la consulta, cuando, de pronto, una idea cruzó por mi mente: «Sí. Hoy voy a ir a trabajar sin prejuicios, con la mente abierta. Voy a dejarme llevar por las experiencias de mis pacientes y a empatizar con ellos al máximo de mis posibilidades».
Así que llego al despacho, como casi todos los días, media hora antes de recibir a mi primer paciente. Muy cuidadosamente abro las ventanas, me siento en mi enorme y confortable sillón, y comienzo mi ritual de preparación, como si de un neurocirujano antes de una complicada operación se tratase. Saco mi instrumental que, en vez de un bisturí y unas gasas esterilizadas, son folios en blanco y un bolígrafo bic, y me dispongo a empezar una nueva y grandiosa jornada laboral.

Primero Cristóbal, con su fobia a los alimentos de color verde, y luego Rosi, con su obsesión por las figuritas de cristal, me hacen pensar que hoy será un día bastante aburrido, pero de pronto ella entra en el despacho y enseguida despierta mi más absoluta curiosidad.
Es alta y muy delgada, y me mira como si me conociera de antes. Intento fijarme bien porque no me gustaría que fuese una antigua paciente y se diera cuenta de que no la recuerdo, pero por mucho que me esfuerzo no consigo ubicarla.
Entonces ella comienza a reírse y yo también me río. Creo que tenía ganas de reírme antes de que ella soltara la primera carcajada, solo que no me parecía muy profesional. Cuando consigo calmarme veo que ella se calma también. Así que aprovecho ese momento para preguntarle.

-¿Qué tal?¿En qué puedo ayudarte?

-Hola, doctora; bueno, ayudarme, lo que se dice ayudarme, no creo que pueda, pero quería contarle lo que me pasa para que usted me diga qué puedo hacer para sobrellevarlo.

-Muy bien, pues cuéntame.

-Lo que me ocurre es muy fácil de explicar, lo que pasa es que puede que no sea muy fácil de entender. A mí me pasa lo que le pasa a usted.

Me quedé de piedra. Lo que me pasa a mí, y ¿qué es lo que me pasa a mí? Tremenda psicóloga soy si ni siquiera sé lo que me ocurre. Prácticamente estuve a punto de pedirle que por favor me explicara qué era eso que me pasaba.

-Sí, no ponga esa cara. A mí me pasa lo que a usted, pero cuando estoy con mi marido me pasa lo que le pasa a él, y cuando estoy en mi trabajo me ocurre lo mismo que a mis compañeros. Y cuando voy al supermercado o estoy en el cine o camino por el parque me pasa lo que les pasa a las personas que están en esos sitios en ese momento. ¿Lo entiende?

¡Oh, Dios mío! Definitivamente sí que la entiendo, y es horrible; no se cómo la voy a ayudar. ¿Qué voy a hacer? Será este el primer caso que no voy a poder resolver. No es que que mis terapias hayan resultado ser infalibles, pero al menos siempre se me ocurre algo. Sin embargo, ahora estoy a cero, no tengo ni idea, tengo la mente totalmente en blanco.

De repente ella comienza a llorar y yo comienzo a llorar. Creo que tenía ganas de llorar antes de que ella soltara la primera lágrima, pero hubiese sido muy poco profesional. Y entonces, lo supe.

La miré y le dije que solucionaría su problema, que la iba a ayudar con lo que, fuera de toda duda, era un don. Le expliqué que su capacidad para empatizar era sobrehumana, y que esa era su principal virtud, ya que yo misma había podido comprobar cómo ella era capaz de sentir lo mismo que yo, incluso antes de que yo me diera cuenta de lo que sentía. Le preparé unas técnicas que le iban a facilitar el control de su estado de ánimo sin perder su empatía, y la animé a usarla para ayudar a los demás y también para ayudarse a sí misma.

Ella me miró y supo que yo estaba segura de que lo conseguiría, y entendió, como ningún otro paciente lo había hecho jamás, que ella era su propia cura. Así que se despidió y me dio las gracias.Y yo supe que desde ese día una nueva persona pondría toda su capacidad para empatizar al servicio de otras «mentes» necesitadas de algo de comprensión.


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