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Me acuerdo, Madrid

Submitted by on 5 November, 2010 – 8:11 am7 Comments

Madrid

Me acuerdo de la despedida en el aeropuerto El Dorado. Me acuerdo de ver por la ventana del avión la punta de la península. Me acuerdo de la primera vez que monté en metro. Me acuerdo de lo que sentí al bajarme en la estación de Gran Vía y salir a la calle. Me acuerdo de que, con el tiempo, terminé acostumbrándome y solo logré volver a sentir ese asombro cuando fui a París. Me acuerdo del edificio de Telefónica y de que un grupo de hombres tocaba trompetas en la calle. Me acuerdo de la calle donde quedaba el hostal. Me acuerdo de la cara del director de la Fundación Carolina cuando le dijimos que estábamos quedándonos ahí: nos dijo, entre asombrado y asustado, que debíamos salir de ese lugar porque estaba lleno de putas. Me acuerdo de las putas. Me acuerdo de que las miraba cuando bajaba de Gran Vía a Sol y ellas se me ofrecían, coquetas; más de una vez salían a mi encuentro y me agarraban. Me acuerdo de que me gustaba caminar por el centro de Madrid. Me acuerdo de la Cibeles, del edificio de Correos, de la Casa de América, del Instituto Cervantes y del Banco de España. Me acuerdo de los buses nocturnos (búhos) que salían de allí en las madrugadas. Me acuerdo de que una vez, borracho, me quedé dormido en las escaleras del edificio del Ayuntamiento y cuando desperté no había nadie. Me acuerdo de la Plaza del Sol. Me acuerdo de que me gustaba caminar hacia la Plaza Mayor. Me acuerdo del Museo del Jamón y de una sala de cine porno que había por esos lados. Me acuerdo de lo gracioso que me parecía ver las piernas de cerdo colgadas en los bares y supermercados. Me acuerdo de las cañitas y las tapas. Me acuerdo de las aceitunas, del aceite de Oliva Carbonell (que todavía consigo en el supermercado junto a mi casa en Bogotá) y del vino tinto. Me acuerdo de lo curioso que me parecía llamar “bocadillo” a un sánduche de cualquier cosa. Me acuerdo de la tortilla de patatas. Me acuerdo de que la que comí por primera vez fue una de supermercado. Me acuerdo de Susi y David, una de las parejas más disparejas que he visto en la vida: ella, una mexicana bajita y robusta; él, un madrileño alto y con sus años encima. Me acuerdo de que nos recibieron en su casa. Me acuerdo de que la primera noche nos emborrachamos con tequila mexicano, aguardiente colombiano y vino español. Me acuerdo de que David nos preparó por primera vez una tortilla. Me acuerdo de que también nos hizo paella. Me acuerdo de que me decía, en broma, que mucho Colombia afectaba el tabique y yo me reía. Me acuerdo del piso que conseguimos en Moratalaz. Me acuerdo de que Bia, la becaria brasileña, nunca estuvo muy convencida de venirse a vivir con nosotros. Me acuerdo de que en la rifa de la habitación me tocó la más grande. Me acuerdo de que el barrio estaba lleno de viejos. Me acuerdo de que, subiendo al Carrefour, había un parque con máquinas para que ellos hicieran ejercicio. Me acuerdo de que a Bia eso le parecía increíble. Me acuerdo de que para llegar a casa debíamos coger la línea nueve del metro. Me acuerdo de la primera vez que me asomé por la ventana de la habitación y lo vi todo lleno de nieve. Me acuerdo de que en la tienda que quedaba cerca, los chinos siempre me saludaban igual: “Hola, ¿Coca-Cola?”. Me acuerdo de la biblioteca. Me acuerdo de los recorridos hasta la universidad, en Fuenlabrada. Me acuerdo de la primera vez que salimos con los compañeros de la universidad. Me acuerdo de que fuimos a una discoteca por Tribunal y uno de ellos, Álvaro, me dijo que iba a hacer sus prácticas en Bogotá. Me acuerdo de Huertas y la calle de las Letras. Me acuerdo de que me gustaba caminar por ese barrio y leer las frases pintadas en el suelo. Me acuerdo de un bar cerca de la casa donde brindamos al llegar a Madrid y volvimos un día antes de abandonar la ciudad. Me acuerdo del Retiro y su lago. Me acuerdo de los cines Renoir por la Plaza de España. Me acuerdo del Prado y Atocha. Me acuerdo de la calle empinada por allí cerca llena de kioscos donde vendían libros. Recuerdo que me dio tristeza abandonar Madrid cuando decidí irme a Málaga. Me acuerdo de que, al mes, sólo añoraba regresar. Me acuerdo de la alegría que me dio cuando volví. Me acuerdo del nuevo piso, en la Elipa. Me acuerdo de que debía tomar el bus y luego el metro para llegar a EFE. Me acuerdo de que al volver me gustaba irme a la casa caminando. Me acuerdo de estar en una silla de ese piso leyendo El corazón es un cazador solitario, de Carson McCullers. Me acuerdo de que Renata, otra compañera brasileña que se quedó unas semanas allí, me leía el Tarot aunque jamás creí mucho en eso. Recuerdo los rostros de Iván, de Álvaro, de Rafa, de Alberto, de Belén, de Soraya, de Guillermo, de Bia, de tantos. Me acuerdo de que detrás de la casa había un parque desde donde se veía la ciudad. Me acuerdo de que sentí tristeza cuando me di cuenta de que pronto debía regresar. Me acuerdo de que el último día caminé por el centro, desde Cibeles hasta Sol y luego Gran Vía. Me acuerdo de que abandoné Madrid hace ya casi un año y todavía –no lo niego– añoro volver a pisar sus calles algún día.

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Martín Franco Vélez

Periodista de oficio, lector por vicio. Trabajó en El Tiempo, Caras y como editor de la revista La Barra. Ha publicado en El Malpensante, Arcadia y tuvo durante un par de años una columna de opinión en La Patria, el periódico de su natal Manizales (Colombia). Hizo un máster en periodismo con la Agencia EFE en Madrid, gracias a una beca de la Fundación Carolina. Actualmente, trabaja como redactor en la revista Cromos.

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Amante de las letras y las estrellas, cree firmemente en la ilusión y en la fuerza de las personas,es capaz de perseguir entresijos que surgen en la cabeza y se convierten en trazos, en sílabas, en palabras, en algo así como pequeñas historias.    –    Camino a Macondo

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