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Pitágoras

Submitted by on 17 January, 2011 – 8:08 am2 Comments

PitágorasEl humo que cubre San José de Chiquitos es más que denso. La temporada de chaqueos ha empezado, los campesinos queman terreno para tener más donde cosechar durante la temporada de siembra, y el pueblo se envuelve en una nube de ceniza.

Luis Felipe Pari Melgar avanza con sus dos tinajas por polvorientos caminos de tierra roja. Arrastra los pies calzados en unas abarcas viejas pero de buen uso, con su sombrero de saó y su camisa blanquísima. Camina lentamente y, en cada esquina, se retoca su bigote daliniano.

-¡Somó, somó, chicha, chicha! (1)

Luis Felipe Pari Melgar no se llama Luis Felipe Pari Melgar.

Llega a la plaza y se sienta en su banco favorito, bajo una palmera que cambió su verde por el gris y el marrón del polvo, frente a la iglesia que construyeron los jesuitas en el siglo XVII.

-¡Somó, somó, chicha, chicha!

El tintineo de sus tazas de lata se entremezcla con el ruido infernal de las moto-taxis, que desde primera hora de la mañana buscan clientes por todo el pueblo.

El calor empieza a ser agobiante. Jóvenes sin camiseta o con poleras (2) de tirantes pasean fumando sus cigarrillos nacionales haciendo ruido al pisar con sus chanclas.

Solo son las siete de la mañana y la plaza hierve del calor. Los pájaros casi ni se atreven a cantar, por miedo de que se les seque el piar.

-¡Somó, somó, chicha, chicha!

El hombre que no se llama Luis Felipe Pari Melgar se cansa de gritar a los cinco minutos. Todo el pueblo le conoce, y no hace falta que vaya vociferando su mercancía, y menos cuando en sus tinajas de barro rojo, el mismo rojo de las calles de San José de Chiquitos, tiene escrito con tiza blanca ‘Somó’ y ‘Chicha’.

El mismo somó y la misma chicha que preparó la noche anterior, cuando tras nueve horas a la sombra de la palmera del banco con vistas a la iglesia jesuítica decidió retornar a su casa en una de las zonas humildes del pueblo.

Se le acerca un hombre barrigón.

-Somó, por favor.

-Un boliviano, jefe.

Mientras el hombre panzón termina su somó, entablan una conversación rutinaria, de la que el hombre que no se llama Luis Felipe Pari Melgar se olvidará rápidamente.

Sentado en el mismo banco con vistas a la iglesia de siempre, piensa en lo que hará esa noche. Regresará a casa, arrastrando sus tinajas de barro rojo vacías de somó y chicha, saludará a su mujer sin esperar respuesta, y se encerrará en su taller portátil de diez metros cuadrados para pintar. Aunque, si llueve, se sentará frente a su telar para tejer. O tocará la flauta acompañado de la brisa fresca que atraviesa su porche cuando aparece la luna.

Y recordará ese momento en el que escribió en un papel que, en un triángulo rectángulo, la suma de los catetos al cuadrado es igual al cuadrado de la hipotenusa.

O agarrará una raíz de toco (3) y usará sus manos para empezar a tallar una máscara de madera.

Y rememorará sus tiempos de soldador, de carpintero, de albañil, de plomero. Y pensará en lo feliz que fue siendo jardinero, e irá a por una regadora y alimentará sus plantas con agua fresca de una fuente cercana. Mientras, su mujer abrazará absorta a su hijo menor dentro de la casa que se construyó hace cinco años con solo una premisa.

«En un triángulo rectángulo, la suma de los catetos al cuadrado es igual al cuadrado de la hipotenusa».

Pero hoy es día de trabajar en la madera. El serrín le hará toser, tendrá miedo de volver a la tuberculosis de hace un par de meses, pero seguirá lijando lo que en un par de días serán unos ojos pequeños, una nariz prominente y una boca sonriente.

Pensará en su padre, al que nunca conoció. Deseará que su hijo mayor, en primero de Medicina, sea alguien importante.

-Somó, somó, chicha, chicha.

Al mediodía el calor en San José de Chiquitos empieza a ser asfixiante. Ahora es cuando el ruido es insoportable, y sus gritos se pierden en una vorágine de motos y ruidos adolescentes.

Se sirve una de sus tazas de su refrescante chicha, sin cobrarse el boliviano que cuesta. Se lo merece.

-Chicha, por favor.

-Un boliviano, señora.

A las cinco de la tarde el cielo empieza a oscurecer, y el hombre que no se llama Luis Felipe Pari Melgar se levanta del banco con vistas a la iglesia, tapa sus tinajas de barro rojo, cierra los ojos y se toca su bigote daliniano con la mano izquierda.

Calcula cuánta pintura gastará ese día en pintar la máscara que dejó a medias ayer por la noche; piensa en la cena que le habrá preparado su mujer obesa y perturbada.

Cuando despierta de su sueño, se alza, se calza sus abarcas gastadas pero de buen uso, se vuelve a poner su sombrero de saó, se limpia una camisa blanquísima, y anda por las calles de tierra rojiza que le vieron nacer, crecer, y que le verán morir.

«En un triángulo rectángulo, la suma de los catetos al cuadrado es igual al cuadrado de la hipotenusa».

-Buenas noches, don Pitágoras.

-Buenas noches –responde el hombre que no se llama Luis Felipe Pari Melgar.

Y abre la puerta de su casa, saluda a su mujer sin esperar respuesta, deja las tinajas al lado de la nevera del salón, el único electrodoméstico que tiene, y se encierra en su taller de diez metros cuadrados para tallar sus máscaras de madera, esperando que el serrín no le haga toser y recuerde la tuberculosis superada hace pocos meses.

Antes, mirará su jardín de orquídeas, las regará, pensará en la teoría de la velocidad que descubrió -la velocidad es igual a la distancia recorrida por el tiempo empleado en ello-, y se sentará en una silla hecha siguiendo su ley de vida.

«En un triángulo rectángulo, la suma de los catetos al cuadrado es igual al cuadrado de la hipotenusa».

El hombre que no se llama Luis Felipe Pari Melgar firma su última máscara. «Pitágoras». Deja el marcador a un lado de la mesa, agarra una lija y perfila unos ojos diminutos en un trozo de madera. Diminutos como los suyos, pero sin la brillantez de más de cincuenta años de vida en un caluroso pueblito perdido en la inmensidad del corazón de Sudamérica.

(1) La chicha y el somó son dos bebidas refrescantes que se toman en el oriente de Bolivia hechas de maíz; la primera fermentado y la segunda cocido.

(2) Polera: camiseta

(3) Conocido también como pacará, es un árbol de gran tamaño y madera liviana e impermeable característico de la región que comprende el oriente de Bolivia, sur de Brasil, y norte de Argentina y Uruguay, del que se usan sus raíces para realizar las máscaras que se usan en las fiestas tradicionales de la zona.

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Víctor Sancho (Barcelona, 1986)
Miope desde que tiene uso de razón, su aterrador miedo a cumplir años, junto a su pereza extrema, hicieron que se dejara barba con los primeros pelos que le aparecieron por la cara. Escribe pese a que en casa pensaban que era más de ciencias. Una supuesta crisis existencial y una oportunidad laboral le llevaron a subir a las alturas para buscar La Paz. Y ya lleva dos años en Bolivia. – Narkelepsis@vsancho

NOS.ILUSTRAN

Martín Alipaz (La Paz, 1965)

Considerado uno de los mejores fotógrafos en Bolivia, raro es verlo sin una de sus cámaras en la mano, a la espera de la imagen de la que se enorgullecerá durante días. Curtido en las mejores batallas, sólo tiene otra pasión: el fútbol, y, concretamente, el The Strongest de La Paz.

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