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Quien tiene un refrán tiene un tesoro

Submitted by on 1 October, 2010 – 8:15 am2 Comments
Sentimos que el enlace sea  a Spotify, si alguien encuentra un lugar dónde escuchar esta canción, y nos lo pasa, nuestros lectores de latinoamerica que aún no pueden utilizar Spotify se lo agradecerían.

Dice un antiguo refrán

Autor: Juan Peña

4 de diciembre. Se acercaban las fiestas navideñas y lo estaba notando en mi consulta. Las Navidades, mala época para la salud mental. Todo el mundo cree que son fechas para la alegría, el amor al prójimo y el perdón. Y es esa absurda convicción antinatural la que amenaza el equilibrio emocional de las personas. Definitivamente, es surrealista pensar que el 25 de diciembre nos vamos a levantar todos de buen humor, dando las gracias por todo, pidiendo perdón por cada error que hayamos cometido y siendo felices sin ninguna razón aparente. No. Muy al contrario, nos sentimos frustrados porque nuestro ánimo ni siquiera se acerca a ese estado de nirvana navideño.

Así que me preparé para lo de todos los años: cuadros de ansiedad, depresión, episodios de angustia… pero hubo algo para lo que no estaba en absoluto preparada.

A las 11:05 h entró a la consulta Jacinto, un hombre de mediana edad, con aire campechano y los cachetes colorados. Lo observé unos segundos e intenté adivinar qué le ocurría. Ya está. Seguro que ha sufrido alucinaciones probablemente relacionadas con la ingesta de algún tipo de hongo alucinógeno que comió “sin querer”, desde luego.

-Buenos días, Jacinto, ¿qué tal está?

-Muy buenas, doctora. Pues, qué le voy a decir, que a perro viejo todo son pulgas, pero, como al que madruga Dios le ayuda, llevo levantado desde las 6:30 para venir aquí. Yo no creo que me pase nada, pero más vale prevenir que lamentar, y mi familia dice que tengo algo raro. Yo estoy seguro de que no, y es que más sabe el diablo por viejo que por diablo.

Mmmm, ¿qué? Esto me ha cogido desprevenida del todo.

– Disculpe, Jacinto, pero ¿qué es lo que le ocurre?

-Ya le digo, doctora, que yo estoy más sano que una manzana. Y a mí, juez, abogado y doctor cuanto más lejos, mejor. Pero, como digo siempre, aunque el consejo de la mujer sea poco, no tomarlo es de loco, y mi mujer quería que viniera a verla.

– No me imagino por qué.

– Ella dice que cuando hablo utilizo demasiado los refranes. Y donde manda patrón, no manda marinero, así que he venido a ver si usted me puede curar, que no hay que dejar para mañana lo que puedas hacer hoy.

– No se preocupe, Jacinto, todavía no tengo muy claro cómo, pero le voy a ayudar. Podríamos decir que lo que le ocurre es algo parecido a un tic, un tic lingüístico, por decirlo de alguna manera. No se trata de algo muy habitual, la verdad, pero podemos intentar algunas cosas a ver si resultan.

Esto sí que es raro. Y es que lo que no me pase a mí, no le pasa a nadie. Dios, acabo de usar un refrán, ¿será que lo de Jacinto es contagioso? A ver, intento pensar en algo, pero solo se me ocurren refranes. Aggg, esto es angustioso.

– ¿Sabe qué le digo, Jacinto? Que no hay mal que cien años dure. Vamos a probar con algo sencillo, pero que le va a requerir un poco de esfuerzo.

– Dígame, doctora, que quien no oye consejo, no llega a viejo, y yo estoy dispuesto a esforzarme aunque sea poquito a poco. Un grano no hace granero, pero ayuda a su compañero.

-Muy bien, Jacinto, me gusta su entusiasmo.

Le comenté a mi paciente refranero que, aunque los dichos populares pueden ser muy socorridos en algún momento, en su caso resultaba algo… exagerado. Así que, basándome en mi nula experiencia en refranolalia, le receté a Jacinto unas pastillas de azúcar que actuarían como placebo y que, según yo misma le dije, eran infalibles en este tipo de casos.

Un par de semanas después recibí una llamada en mi consulta. Era Jacinto, que me aseguraba que mis prodigiosas pastillas no solo habían disminuido su utilización de refranes a la hora de conversar, sino que, viendo su increíble recuperación, las pastillas que le sobraron, las repartió como remedio milagroso entre sus amigos, que, me garantizaba, se habían repuesto de todos sus males fuera cual fuera el origen de los mismos. Era tal la devoción de Jacinto por mis pastillas de azúcar que llegó incluso a ofrecerme todo lo que tenía a cambio de algunas píldoras más.

Después de su llamada tuve que replantearme el beneficio del placebo y hasta dónde puedo llegar cuando le aseguro a un paciente que un tratamiento es infalible. Uff, no me acostaré una noche sin aprender algo nuevo.

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