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Sombra

Submitted by on 6 September, 2010 – 7:28 amOne Comment

–  ¡El jardín Majorelle! Es magnífico. Sin duda, el mejor sitio de todo Marrakech.

Rachid, el taxista, suele girar la cabeza hacia atrás cuando habla, mirando a los pasajeros. A algunos, eso les pone un poco nerviosos.

–  Oiga… y allí dentro habrá bastante sombra, ¿no? -pregunta el que parece el padre de la familia que se apiña, dando rítmicos botes, en el asiento de atrás del pequeño coche amarillo.

– Um…  -duda Rachid- sí, claro. Sí.

– ¿Y un café? ¿Hay un café, para tomar algo? ¿Zu-mo? ¿Jus d’orange?

–  Sí, sí. Un lugar magnífico. El mejor sitio de la ciudad. ¡Les va a encantar!

El cartel de los jardines es poco visible. Rachid los deja en la esquina y les indica por dónde deben llegar hasta el portón. El padre, sonriendo como puede mientras se seca de nuevo con un kleenex los chorros de sudor que le corren por el cuello, saca una moneda de diez dirham. El taxímetro marca 8’40.

–  Deje, deje el cambio.

Rachid, el taxista, pensaba irse ya a comer al snack de la rue de Bab Doukkala, el que sirve los mejores sándwiches de carne picada de todo Marrakech por solo cinco dirham, y que siempre, siempre, pone unas aceitunas para amenizar la espera. Pero cambia de idea. Tampoco tiene tanta hambre. Hace avanzar despacio el taxi por la calleja que lleva a la puerta de los jardines. La familia que acaba de traer ya está casi adelante del todo de la cola. Un enorme cartel sobre sus cabezas dice: “ENTRADA, 30 DIRHAM / PERSONA”. Un portón abierto flanqueado por dos guardias bien afeitados deja entrever una fuentecilla. Está rodeada de pequeños azulejos de colores. Un hermano de Rachid, Sayid, que se casó con la hija de un maestro de cerámica, trabaja en Fez tallando teselas para mosaicos, así que Rachid sabe bien cuántas horas y cuántos dolores de espalda y cuántos callos en los dedos cuesta exactamente cada diseño de estrella y cada baldosa de cuadros. De la fuentecilla salen dos débiles chorros de agua que se evaporan casi nada más tocar el suelo. Rachid coge de la guantera una pequeña botella de Coca-Cola, ya sin etiqueta, que su mujer le rellena de té todas las mañanas. Pega un buen sorbo.

Un par de chicos jóvenes, de aspecto nórdico, se acercan a la fila de taxis. Rachid se las apaña para llamar su atención antes que los demás taxistas.

–  Claro, claro que sé dónde está el hotel Gallia. Les dejo en la puerta misma. Y oigan, los jardines, ¿qué tal? ¿Se estaba fresquito?

Los dos jóvenes no contestan. Parecen enfrascados en su conversación.  También le da la sensación de que, de vez en cuando, se tocan la pierna o la mano. Lo intenta de nuevo:

–  Oigan… y… ¿allí hay un café? ¿Un café con zumos? ¿Orange juice?

Definitivamente, están haciendo como que no le oyen. Así que, pasado el cruce del Gran Tazi, les dice que es ahí. No va a llevarles hasta la puerta. Aunque la verdad es que no parece que se den cuenta. Siguen hablando sin parar. El taxímetro marca 6’35 dirham. Le dan exactamente 6’35 dirham, que recuentan cuidadosamente escrutando las monedas entre risas en la palma de la mano del más alto.

Rachid, el taxista, resopla un poco. El calor pesa sobre los coches, sobre los carros, sobre la poca gente que se atreve a salir a esa hora a la calle.  Ya que está por allí, decide comer algo donde Mohamed Benani. Sus tajines están tan secos como si llevaran horas al sol, pero el viejo suele rebajarle algunas monedas y ofrecerle un té si después de comer lo acerca a casa de su hija.

Cuando sale de dejarle a la puerta de la medina pequeña, falta poco para que suene la llamada a la oración. Rachid aparca en una esquina poco transitada y, al resguardo de la puerta abierta del taxi, extiende su alfombra, se descalza, se sacude los pies, se encasqueta su gorrito de crochet blanco y se concentra en su rezo. Cuando termina, se da cuenta de que, efectivamente, están llamando, justo en ese momento, a la oración. Eso le pone contento. Piensa en dirigirse de nuevo a la plaza de Djemaa El Fna, donde siempre hay decenas de turistas esperando un coche que les lleve rápido a algún otro sitio. Pero se dice que siempre hay también decenas de taxistas peleándose por ellos.

Se dice también que un hombre, por mucho que rece, debe sobre todo hacerse dueño de su destino.

Por eso, en vez de ir hacia la plaza, vuelve a poner rumbo al jardín Majorelle.

Apenas ha dado vuelta al pequeño callejón que da entrada al parque y ya hay un matrimonio de franceses que se abalanza sobre el taxi. Llevan cámaras y botellas de agua mineral. Antes de subirse al taxi, le piden a Rachid que les haga una foto con el taxi. Ensayan sus escasas palabras en árabe cada vez que tienen ocasión.

Por ejemplo, cuando Rachid les pregunta si hay o no hay, dentro de los jardines, un café donde se puedan tomar zumos, jus d’orange.

Ohhhhhh, ouiiiii, mziiiiian!!! ¡Bonito, bonito! -exclaman, quitándose la palabra el uno al otro-. ¡Hay un café precioso, a la sombra! Muchos zumos. ¡Qué hermosa ciudad tiene, señor! ¡Qué hermosos estos jardines! ¿Cómo se llama, señor?

-Rachid Benkiran -dice orgulloso Rachid, el taxista-. Sí, los jardines Majorelle son magníficos. Lo más bonito de la ciudad. ¿Qué es lo que más les ha gustado? -se le ocurre-.

– ¡Los cactus! -se alegran al unísono los dos franceses-. Mzian bsef! ¡Muy, muy bonitos!

– ¡Los hay que son enormes, y vimos uno que tenía una inmensa flor naranja en el borde de una rama rota, y otro con unos pinchos tan gordos como lápices, y uno más que tenía una grieta por la que salía un jugo blanco! -añade ella.

Cuando los deja frente a la estación de tren, Rachid, el taxista, se siente alegre. Aunque es más bien introvertido, le gusta la gente que charla. Sonríe con toda su boca que demasiado azúcar en los tés va dejando con cada vez menos dientes, diciéndoles adiós con la mano. Aunque el taxímetro marcaba 5,60 dirham, se lo ha dejado en cinco.

Casi inmediatamente, un chico le hace seña para subirse al taxi.

A los que son como este, Rachid, el taxista, los conoce bien.

– Lléveme a un sitio bonito, donde usted quiera, algo que le guste a usted -dice, emocionado, el chaval, que se sienta junto a él en el asiento del copiloto y no quiere ni siquiera dejar en el maletero la enorme mochila deportiva que le acompaña.

Rachid, el taxista, lo tiene claro:

– ¡Ah! Pues te voy a llevar a un sitio que te va a encantar. El más bonito de la ciudad. Los Jardines Majorelle, ¿los conoces?

El chico saca del bolsillo delantero de la mochila las fotocopias arrugadas de una guía Lonely Planet.

–  “Jardín Majorelle” – lee en voz alta-. “Este magnífico jardín, bastante pequeño, acoge el taller del pintor Jacques Majorelle, que vivió aquí desde 1942 para curar su tuberculosis. Tras su muerte,  el modisto Yves Saint Laurent y su compañero Pierre Bergé adquirieron y restauraron el lugar. Es hoy un lugar lleno de poesía…”.

– Eso, ese es -interrumpe Rachid-. Es magnífico. Tiene árboles altísimos que dan mucha sombra, y una fuente a la entrada. También hay un café que sirve unos zumos… ¡qué zumos! Pero lo mejor de todo -revela, mirando al mochilero muy dentro de los ojos- son los cactus. Hay cactus de todos los colores: azules, verdes, naranjas. Algunos escupen un líquido blanco y otros tienen flores gordas como ramas. ¡Los hay que son tan grandes que se puede echar la siesta a la sombra de sus pinchos, que alguna gente usa como lápices!

La calle de acceso al jardín está cortada. Esta ciudad es así: aunque hayas estado en un sitio hace un rato, nunca sabes cómo te lo vas a encontrar la próxima vez.  Ahora, para llegar a la puerta, Rachid tiene que bordear toda la muralla del jardín. Está hecha de adobe rosa, como todo, y por encima de sus altas almenas sobresalen palmeras, cocoteros, buganvilias. El chico dice que le deje ahí, que le da igual. 7,20 dirham.

Aunque ya va teniendo que echar gasolina, Rachid decide acabar de dar la vuelta a la muralla del jardín antes de irse. Sube un poco el volumen de la radio para ver si le van a pillar atascos cuando vuelva a su barrio. Parece que no. Si todo va bien, serán solo tres cuartos de hora de camino desde allí. Además, ya va haciendo menos calor, y, qué diablos, hoy ha sido un buen día.

Sobre la muralla del jardín Majorelle se ve volar en círculos a una pareja de cigüeñas.

–  ¡Este es el lugar más magnífico de la ciudad! -dice Rachid, el taxista, como si alguien le estuviera escuchando.

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Laura Casielles

Laura Casielles (1986) es periodista. Actualmente trabaja como becaria en la delegación de la Agencia Efe en Rabat (Marruecos). Estudia filosofía por la UNED e idiomas por vicio. Ha publicado el poemario Soldado que huye. Poemas y relatos suyos han aparecido en diversas revistas y libros colectivos. – Tres pies del gato

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Dibujar, pintar, escribir, fotografiar…y desde hace unos años diseñar y crear cualquier cosa usando ratón como pincel, es a lo que se dedica Sara Hoshi. Educadora social, editora de contenidos web, gestiona varios proyectos web y considera el mundo en el que habita como un privilegio.
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