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T.O.C, T.O.C. ¿Quién es?

Submitted by on 17 September, 2010 – 8:18 amNo Comment

26 de noviembre. Hoy me levanté y fui directa a la ventana. Descorro la cortina y… ¡ahí está! La maravillosa nube gris que me ha acompañado las últimas tres semanas. Veintiún días sin salir el sol son demasiados. Tenía la esperanza de poder disfrutar hoy de un poco de Vitamina B.

Así que con poco ánimo, aunque con la corazonada de que iba a tener un buen caso de esos que pueden desembocar en un Premio Nobel, abrí la agenda. Mi primera cita es a las 9:30 horas con un paciente habitual, Nicolás López, y su habitual problema para establecer relaciones personales. Pero mi segundo paciente, ¡ajá!, era un paciente nuevo. Sólo sé que se llama Dolores.

Llegué a la consulta y allí ya me esperaba Nicolás, siempre puntual. Hoy lo despaché rápido, estaba deseando empezar con mi futuro premio científico. En cuanto salió el Sr. López, me asomé a la sala de espera. Allí estaba ella, con un halo de falta de autoestima y la necesidad de un alto grado de comprensión. Entonces fue cuando lo supe: su caso iba a ser especial, quizás algo que ni siquiera tuviera referencias en Psicología.

– Buenos días. Dolores, puede pasar.

– Buenos días, doctora.

– Cuéntame. ¿Qué es lo que te ocurre?

– Puede llamarme Lola, doctora. No es la primera vez que acudo a un psicólogo. Mi problema no es reciente y tengo que avisarla de que ya lo he probado todo.

Ahí estaba, un trastorno raro para el que aún nadie ha encontrado solución. Y, entonces, llega a mi consulta y, como buena futuro Premio Nobel de Ciencias, la ayudo ofreciéndole un maravilloso pero sencillo tratamiento que acabará por fin con su sufrimiento. ¡Bien! Bravo por mí.

– Bueno, en principio, por lo que me han dicho otros psicólogos y por lo que he podido leer en internet no es una enfermedad muy rara. Simplemente se trata de una necesidad imperativa que siento cuando salgo a la calle. Nada más ver a alguna persona, tengo que tocarle el codo derecho. No lo puedo evitar porque sé que, si no lo hago, me va a pasar algo malo.

¿Qué? ¿Cómo? ¿Un simple trastorno obsesivo-compulsivo? Bueno, simple, simple, tampoco. Creo que no hay ningún caso documentado de una conducta compulsiva que consista en tocar codos derechos. Pero está claro que Lola no me va a dar el Nobel ni ningún otro premio de consolación.

– Muy bien, Lola, no te preocupes porque lo vamos a solucionar.

Le di a Lola una serie de pautas que mejorarían su vida un 100%. Le dije que cada vez que sintiera esa necesidad de tocar codos respirara profundamente tres veces, cerrara los ojos y luego prosiguiera su camino con normalidad. Si esto no funcionaba le sugerí que fijara su atención en otra parte del cuerpo sin dirigir su mirada a los codos.

Está claro que esta vez he acertado con el tratamiento. Lo sé. Lola va a mejorar sin ninguna duda. Así que me despedí de manera muy profesional, aunque dándole a entender que este día supondría un antes y un después en su vida. Y así fue.

Dos semanas más tarde Lola volvió a la consulta.

-¿Qué tal te va todo, Lola?

-Pues tengo que decirle, doctora, que mi obsesión por los codos derechos ha mejorado y ya casi no necesito tocarlos. Sin embargo, he comprobado, al realizar las respiraciones que usted me aconsejó, que cada persona tiene un olor especial; ahora, cuando las huelo, sé si son buenas o malas personas, ¿sabe usted? Así que ahora necesito oler a la gente porque así me siento más segura.

No lo entiendo. Pero, por qué no ha funcionado, si este tipo de tratamientos nunca falla… o eso creía.

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