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Tragaaños

Submitted by on 18 April, 2011 – 7:41 am2 Comments

Relato titulado 'Tragaaños' de Manuela Astasio

(Expresión mexicana para referirse a aquellos que parecen más jóvenes de lo que son).

Aquel lunes, Edgar despertó siendo un niño. La cama king size parecía aún más grande de lo habitual y se extendía medio metro más allá de las plantas de sus pies, al igual que el DF, que bostezaba, insondable, tras la ventana. Su esposa, Lizbeth, lo advirtió y se lo dijo mientras él se ajustaba el nudo de la corbata de seda tostada: «Te ves tan chiquito dentro de ese traje…».

En la radio informaban sobre el pequeño sismo que aquella noche había sacudido la ciudad. Desde el de 1985 los defeños, sentenció el locutor, resucitaban después de cada temblor. Edgar tenía esa sensación, la de haber vuelto a la vida, pero a otra.

Se apeó con mucha dificultad del pesero[i], entre las piernas y carteras de siempre, que aquella mañana se le antojaban titánicas, y se acercó al puesto de la doña a por cigarrillos. Pero esta no le quiso vender. «Qué crees… ¿Cuántos años tienes? Muéstrame una credencial», decía revolviéndose nerviosa la trenza negra. «Tengo 43 años, como el último día; ándele, doña…no me sea malita». «¡Eres un tragaaños!», exclamó riendo otra clienta. «¿Y qué es eso?», respondió él.

«Si no sabes qué es un tragaaños es porque aún eres un niño», le espetó a Edgar, que asumió entonces que el día comenzaría sin una sola fumada y se dispuso a cruzar sin mirar, antes de que un tráiler le rozara las yemas de los dedos casi a la velocidad de la luz y lo congelase en el paso que lo separó de una muerte segura. «¿Se encuentra bien, señorita?», le preguntaron dos ejecutivos que acudieron a socorrerlo.

«Sí, mi reina». Así le respondió no sin poca sorna Erika, su secretaria, a cada encargo que le hizo durante la larga mañana de juntas. Porque, tras aquel amago de atropello, Edgar avanzó unos años y era ahora una linda chica, lista para celebrar su fiesta de quinceañera[ii], a juzgar por el horrendo vestido verde de tul con el que se vio reflejado en la cristalera de la oficina. Los albures[iii] de sus compañeros de trabajo con respecto a su nuevo cuerpo no tardaron en llegar, pero sí en marcharse.

Edgar terminó de trabajar cuando la tarde ya estaba cayendo y tomó un taxi que lo devolvió al centro de la ciudad bordeando el sol, que incendiaba el DF y sus millones de coches de rojo y violeta; aquel espectáculo tantas veces presenciado, pero tan bello ese día que sus huesos se sintieron más viejos. Se acordó entonces de la eterna frase en los labios de su difunto padre: «Esta pinche ciudad me está matando».

Aún lejos de casa, le ordenó al taxista que lo dejara en su taquería preferida. Cuando se abrió paso bajo el toldo rojo, notó un silencio derivado de su presencia, lejos de la festividad que su vestido verde había generado hasta entonces en todas las salas a las que entraba. «¿Qué le damos, oficial?», le preguntó el mozo. Edgar se miró entonces los pies y descubrió que el atardecer los había embutido en los feos zapatos de un uniforme de policía. Mientras comprobaba si la gorra también estaba ahí se pidió dos pastores [iv] con mucho cilantro, que embadurnó con demasiada salsa verde, distraído como estaba por el enfado que le producía ser policía mexicano, quizás el oficio menos respetado del mundo. Y así empezó a masticar, sin pensar.

Nunca se había enchilado[v] tanto. La salsa se revolvía en llamas que ascendían desde su lengua a su paladar, desde su paladar hasta su nariz y de esta a los ojos. Por un momento, la vista se le llenó de destellos. Cuando volvió a ver con claridad, desde el taburete vecino le ofrecían una cestita llena de tortillas de maíz para aliviar el picor. Todavía sofocado, se marchó dejando una estela de miradas mucho más amistosas que las de bienvenida y se subió al primer taxi que se cruzó en su camino.

Ya dentro se dio cuenta de que faltaba la licencia y de que el conductor tecleaba nervioso en el celular. Las calles se hicieron poco a poco más oscuras y, en el primer semáforo del camino, el cañón de una pistola se abrió paso por su ventanilla, gentilmente abierta por el taxista, y le exigió todo lo que llevaba encima. Edgar iba a protestar: quería hacer valer, por una vez en su vida, la autoridad del uniforme en el que se había sorprendido en el puesto de tacos, pero, mientras se revolvía en el asiento, su mirada resbaló por el retrovisor y se descubrió de nuevo a sí mismo, a ese que no había aparecido en todo el día, con los ojos aún enrojecidos por el chile y la corbata de seda tostada. Y le dio todo al ratero. La corbata también.

La noche terminó de cerrarse sobre él mientras caminaba hasta casa, y Lizbeth lo recibió con la angustia dibujada en la curva de los labios. Edgar no le quiso contar nada, alegó cierto ardor de estómago y se acurrucó otra vez en la king size, ahora mucho más pequeña. Antes de que se durmiera, su mujer lo arropó y le besó las sienes, ya blancas. «Te ves mucho más grande [vi] que a la mañana», observó. «Es que esta pinche ciudad me está matando,  pero yo la sobreviví un lunes más», respondió él.

«Esta ciudad… se traga los años como si fueran días», dijo ella como para sí ante la ventana. Tras los cristales, el DF aullaba de nuevo en un bostezo insondable.


[i] Microbús de ruta fija

[ii] Celebración del decimoquinto cumpleaños de una chica, que en muchos países latinoamericanos se vive de forma distinta al resto de cumpleaños porque implica el paso de niña a mujer

[iii] Juegos de palabras, dobles sentidos

[iv] Carne de cerdo marinada en distintas especias envuelta en tortillas de maíz

[v] Sensación de ardor en la boca producida por el sabor picante del chile

[vi] Más viejo

.

Manuela Astasio

Todavía no sabe qué quiere ser de mayor, aunque de momento ejerce de periodista en paro. La primera vez que se fue de casa lo hizo a 9.000 kilómetros y, ahora que ha regresado, todo queda mucho más lejos que antes de marcharse. Pero le gustan los trayectos largos. Después de ellos hay más cosas que contar.
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